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NINGUNA AGRESIÓN SIN RESPUESTA
Fuera machistas de las filas comunistas
MCEncobriment
25 de nov. de 2025
Prefacio:
En conmemoración del 25N, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Machista, queremos compartir estos apartados de un texto en construcción: una primera aportación para abrir el debate y situar, por escrito, algunas críticas y análisis respecto al papel de los partidos comunistas ante la violencia machista y la lucha de las mujeres trabajadoras.
A lo largo del tiempo, continuaremos elaborando nuevos apartados y profundizando en las cuestiones que introducimos en el presente documento, tomando en consideración los comentarios, críticas y/o aportaciones que nos podáis hacer llegar. El objetivo no es cerrar una posición definitiva, sino poner en marcha un proceso colectivo de análisis y rectificación política.
1. Marco general y objeto del documento
Partimos de una verdad tan incómoda como innegable: el machismo y las agresiones sexuales siguen gozando de una impunidad vergonzosa en el seno de los partidos comunistas.
Estos partidos, que se proclaman herederos del hilo rojo y de la vía revolucionaria, han perpetuado continuamente el mismo problema estructural: relegar la lucha de la mujer trabajadora a un segundo plano, como si fuera el apéndice de una lucha principal y no una de sus expresiones más centrales. Pero esta subordinación no es un simple error circunstancial ni una suma de negligencias individuales; es una renuncia política que se hace evidente en cada espacio de militancia, en cada reunión, en cada decisión orgánica.
Nuestra tesis es clara: esto responde a la ausencia de una comprensión e implementación consciente de una estrategia revolucionaria respecto a la cuestión de la mujer; no solo en abstracto, sino en la realidad del día a día en las organizaciones comunistas. La razón es que este fracaso se vuelve insoportable cuando, de manera sistemática, las agresiones sexuales son encubiertas y la indignación contra la violencia machista es silenciada por los mismos dirigentes que supuestamente quieren acabar con dicha violencia.
La situación no es nueva en la historia del movimiento comunista. La misma Kollontai señala en varios escritos que la liberación de la mujer proletaria exige no solo el fin de la explotación, sino también una reorganización profunda de la vida cotidiana y de las relaciones entre hombres y mujeres; que ello requiere un trabajo específico dentro del partido. La creación del Zhenotdel y del movimiento internacional de mujeres comunistas partía precisamente de esta idea: sin organización propia, sin línea y métodos específicos, las mujeres quedan atrapadas entre el feminismo burgués (que no responde a sus intereses) y el machismo que reproducen sus compañeros de lucha; por tanto, la clase pierde una parte enorme de su fuerza y el partido se burocratiza y se masculiniza.
Hoy, una parte importante de los partidos que se reclaman herederos de esta tradición han vaciado de contenido aquel legado; a menudo citan a Kollontai, a Clara Zetkin o al movimiento de mujeres comunistas para legitimarse, pero en la práctica renuncian a desplegar estructuras estables de trabajo entre mujeres, a desarrollar línea propia sobre la cuestión femenina y, sobre todo, a aplicarla cuando el machismo irrumpe en el interior de sus filas. Favoreciendo tendencias economicistas y reformistas, que priorizan una supuesta pureza ideológica con tal de no analizar y trabajar la cuestión de la mujer más allá de la explotación económica común a toda la clase obrera. Esta distancia entre el discurso y la práctica se vuelve especialmente evidente en la gestión de los casos de agresiones o acoso sexual; protocolos que existen sobre el papel, pero que al mismo tiempo se gestionan con opacidad, legalismo frío y una obsesión por proteger al partido que se impone a la protección de las personas agredidas y del conjunto de la militancia.
2. De la cuestión femenina como lucha parcial a la negación práctica
Formalmente, la mayoría de estos partidos reconocen que la mujer trabajadora sufre una doble opresión, de clase y de género; admiten igualmente que el capitalismo se apoya en los cuidados, en el trabajo no remunerado y mal pagado de las mujeres en el hogar y en los sectores feminizados de la producción, y que sin su incorporación efectiva a las filas del partido no hay revolución posible.
Sin embargo, en la práctica cotidiana de los partidos comunistas actuales la cuestión de la mujer aparece como un anexo; se confía en que la resolución general de la lucha de clases arrastrará consigo las formas específicas de opresión; se reduce la lucha de la mujer a campañas esporádicas, a jornadas como el 8 de marzo o a ponencias teóricas que no transforman el funcionamiento interno de la organización; no se construyen mecanismos reales para hacer frente al machismo dentro del partido y la carga de hacer de policía del machismo recae casi siempre en las pocas mujeres militantes, sin recursos ni autoridad real para intervenir. Y en los pocos casos donde se interviene, siempre está la presencia oscura de una dirección (más o menos formal9 que vela más por los derechos individuales de un militante o por proteger la imagen de la organización que por cumplir una línea política respecto al comportamiento militante, que rápidamente se vuelve papel mojado.
Cuando aparecen casos graves de acoso o agresión sexual, esta ausencia de estrategia y de mecanismos materiales se traduce en respuestas improvisadas, contradictorias y profundamente injustas; se activa el protocolo tarde y mal; se deja pasar el tiempo hasta que el caso se olvida o hasta que los hechos prescriben según estipula un supuesto documento de régimen disciplinario interno; se protege la identidad del agresor como camarada valioso mientras se expone o señala a la persona denunciante; se habla de comportamientos inadecuados o de problemas personales allí donde hay relaciones de poder, coerción y desigualdad; se responde a las críticas con acusaciones de fraccionalismo o de hacer daño al partido, reforzando un clima de acoso político sobre quien se atreve a cuestionar la línea seguida.
En estas condiciones, la consigna de incorporar a la mujer trabajadora a las filas comunistas se vuelve puramente retórica. ¿Qué sentido tiene pedir a una mujer de la clase obrera que milite en una organización donde los casos de agresión y acoso se gestionan con opacidad, donde los comentarios machistas son tolerados tanto en espacios formales como informales? ¿Donde la única garantía que se le ofrece es la promesa de autocrítica por parte de dirigentes que, a pesar de sus tendencias reaccionarias y sus comportamientos inadecuados, mantienen posiciones y responsabilidades? Así, los partidos no solo no avanzan en la organización de las mujeres; además, expulsan y alejan a compañeras que ya habían dado el paso de acercarse al partido o a la juventud, a menudo después de procesos personales muy duros.